jueves, 9 de octubre de 2008

A vueltas para salir de Venezuela

El viernes, 26 de septiembre, volvimos a Tovar para que el viejo se despidiera de sus amigos de allí. Esa misma noche viajábamos los tres en bus desde Tovar a Caracas, allí pasaríamos el fin de semana en la casa de otra de mis “primas”, a la que yo aún no conocía, y el lunes regresaban ellos dos para España mientras que yo seguiría viaje hasta Maracaibo, con intención de pasar a Colombia por esa frontera cercana al mar Caribe.
Caracas me ha parecido la capital más sucia de cuantas he visto en Latinoamérica, más aún que Lima, que le anda a la zaga. Dicen los caraqueños que antes no era así, que se ha deteriorado mucho en la última década. Los antichavistas culpabilizan al Presidente de esta situación pero, aunque no les falte razón, también es bueno aclarar que ellos pronto acabarán haciendo culpable a Chávez de la muerte de Abel. También reconocen que él recuperó un hermoso paseo dedicado a los próceres libertadores, durante años abandonado y en ruinas, o que no se pueda aparcar en todo el centro durante el fin de semana para liberarlo un poco de la contaminación, excesiva en una ciudad sobrecargada de tráfico. La mayoría de los “carros” son muy viejos, pero la gasolina es increíblemente barata. Por cierto, en los estados de la frontera con Colombia comprar gasolina requiere paciencia, los contrabandistas que se la llevan al país vecino, casi legalmente, hacen que no haya “bomba” (estación de servicio) sin una importante cola de espera. Donde no se ve cola es que no le queda gasolina, lo que ocurre también a menudo.
Caracas, como otras capitales de Sudamérica, está rodeada de montes también habitados, en unos casos son barriadas pobres y en otros zonas residenciales caras. Lo demás es un centro donde se mezcla lo colonial con lo horroroso, y unas partes cosmopolitas con la poca gracia que suelen tener en los países pobres. Supongo que muchos caraqueños amarán aún su ciudad aunque la vean sucia y caótica, como se ama a un hijo aunque sea feo o a una madre aunque sea mala, pero quienes no tenemos una relación directa con ella nos vamos decepcionados, si además añadimos que no paran de avisarnos sobre la inseguridad, no resulta una capital acogedora. Tampoco se percibe mejor a Maracaibo, y aquí además el calor se acerca mucho a lo insoportable. El aviso sobre la inseguridad resulta aún más desalentador, el taxista que me lleva a un hotel del centro, porque así se lo pido para conocer esa zona, me aconseja que mejor no salga de la habitación después de las 20:00 horas, que me duerma temprano para salir también temprano en la mañana. Como ese lunes 29 no he conseguido dormir en toda la noche, paso casi todo el día del martes adormilado en la habitación y prácticamente no salgo más que para el almuerzo. El miércoles doy vueltas por el centro, y por un gran mercado callejero que llaman de las “Pulgas”, aunque dudo que aún haya más insectos de esos que mosquitos. La variedad de olores y la cantidad de basura acumulada lo hace un sitio insoportable, pero ocupa tanta extensión del centro de la ciudad que es necesario cruzar muchas partes para ir de un lado a otro. Lo más destacable, aparte de algunas iglesias y plazas, son unas pocas calles con las casas pintadas en colores muy vivos (dicen que así era casi todo el centro de Maracaibo) pero hoy puede verse a mendigos tirados por esas calles y montones de basura en los límites. También son curiosas unas máquinas, de construcción artesanal, que sirven para sacarle el jugo a la caña de azúcar; así en madera sólo las vi allí. Sin el ánimo de ofender a nadie, lo siento, pero tampoco me gusta nada esta ciudad, además, echo de menos las selváticas montañas del Táchira. Que no me busquen en Maracaibo.
El jueves voy al Terminal (en Venezuela se dice en masculino y no en femenino como en otros países) con la intención de viajar a la frontera. Ya me había informado de todo y sabía que la mejor manera de viajar a Maicao, primera ciudad importante en el lado colombiano, es en unos viejos carros (automóviles largos, de esos lanchones típicos americanos) que llenan con cinco pasajeros por viaje. Pero resulta que ese día han cancelado los viajes porque a su vez han cerrado la carretera. En Colón ya me habían avisado que esa ruta era el cruce de frontera más peligroso del país, pero que si conseguía pasar hasta Maicao no tendría ya problemas para seguir. La dificultad se me presenta para llegar hasta esa ciudad, la señora que atiende en la cooperativa me dice que les avisaron hace unas horas del cierre de la ruta por movimientos de la guerrilla, o quizás eran bandas de delincuentes, que de ambas hay siempre por allí. Hablo con mi querida prima y me hace prometerle que no insistiré en pasar así. Se encarga de buscar conexiones por avión para que pueda seguir desde Maracaibo. Por mi parte paso horas entre llamadas y búsquedas en Internet, con la intención de encontrar una opción para llegar a Cartagena sin atravesar por tierra, o incluso cruzar directamente a Panamá, pero ese día ya es imposible, y las opciones que encuentro para otros días me parecen caras de entrada. He dejado el hotel y ya no quiero quedarme más tiempo en Maracaibo, con lo que esa misma noche salgo en dirección San Cristóbal, vuelvo a Táchira aunque con ello dé una vuelta importante. Pasaré a Colombia por la misma frontera que conocí al entrar, Cúcuta, y desde allí viajaré hacia el norte hasta Cartagena. Eso es el sábado ya, con un viaje bastante complicado también, pero eso lo contaré en otro aporte. Ahora, para terminar, un haiku inspirado en las neblinas de Táchira.
Calor húmedo
Cielo sin horizonte
barrera blanca

miércoles, 8 de octubre de 2008

Tovar y el estado de Táchira

Conozco la existencia de la ciudad venezolana de Tovar, y a varios tovareños, desde unos 30 años antes de haber venido al fin por primera vez. Cuento la historia como curiosidad autobiográfica: Mi viejo, banderillero de profesión desde muy joven hasta que se jubiló por edad, se dedica desde hace unas cuatro décadas a apoderar jóvenes que buscan triunfar como toreros. Ninguno de ellos lo ha conseguido (es bastante difícil, y más sin un capital de apoyo) pero él ha sido más feliz enseñando lo que sabía de su oficio. De todos ellos, que han sido unos cuantos, el que más cerca estuvo del éxito es el segundo joven que tomó de alumno, hace 30 años, un tovareño que se puso de apodo su gentilicio. El Tovareño fue el primer torero de su ciudad que llegó a tomar la alternativa como matador de toros en España, logrando algunos éxitos en este país y en el suyo propio, lo que le llevó a conseguir el honor de que le erigiesen un busto dentro del moderno “coliseo taurino” de Tovar. En 1980 mi viejo, aún en activo como banderillero, hizo un viaje a Venezuela para torear con su pupilo, y allí, en Tovar, conoció a una mujer que lo cautivó. Ella era aficionada a la tauromaquia, y no enemiga como mi madre, lo que, unido a las pocas treguas que se habían dado en los 25 años que llevaban juntos, le decidió a separarse de mi madre y llevarse a vivir con él en España a la que ha sido su compañera desde entonces. En todos estos años han pasado por su casa y su escuela unos cuantos tovareños, incluido el hijo de aquel primero, aunque la mayoría se retiraron, de los toros o de su tutela, antes de conocer algún triunfo. Hasta este año, que ha conseguido que otro tovareño tome la alternativa como matador de toros, esta vez en la plaza de Tovar. Y ahí está, dando instrucciones a su nuevo matador, con 80 años, diabético y colostomizado, feliz de estar una vez más tras una barrera que uno de los toros saltó en dos ocasiones.
Las corridas de toros en el continente americano son iguales que en España, sólo cambia el público, que por aquí es algo más ruidoso, y se ven más pieles oscuras con ropa de más colores. El nuevo matador tovareño no estuvo brillante en su alternativa; lo mismo que en el fútbol la culpa suele ser del árbitro, en esto la culpa de un pinchazo la tiene siempre el toro, y ninguno de los dos toros le facilitó el lucimiento, ni siquiera se dejaron matar rápido. La corrida se celebró el domingo 7 de septiembre (sí, ya sé, llevo un mes de atraso en los aportes de este blog pero ya estoy en ello) y se suponía que la iba a grabar en vídeo, como he grabado unas cuantas corridas de su temporada de novillero en España, pero como había ciertas tensiones entre apoderado y torero decidí no cargar todo el fin de semana con el equipo y lo dejé en San Juan de Colón.
Ahí, en Colón, vive la hermana de la compañera del viejo, y en esa casa hemos estado los tres hasta el 26 de septiembre. 22 días en mi caso que no voy a desgranar a estas alturas. Sólo diré que estoy muy contento de haber conocido al fin a una familia que se me hace ya propia, y en particular a una “prima” con quien he llegado a un grado de cariño y complicidad tan sólidos que no podrán desaparecer por mucho que el tiempo y la distancia nos mantuviese alejados. Con ella he realizado varias excursiones por algunos bonitos pueblos del estado de Táchira, la he acompañado en varias ocasiones a la capital, San Cristóbal, simplemente como observador de sus quehaceres cotidianos, y he conocido muchas cosas de este hermoso país, tan deteriorado por los vaivenes políticos y la insaciable corrupción.
Lo más destacable de estos pueblos del Táchira, aparte de su ubicación andina, son sus iglesias de aspecto pastelero. A menudo parecen diseñadas por un maestro de obras con gusto naif. También destacan algunas fuentes que colocan en las plazas, pintadas en colores muy vivos que les hace parecer de plástico. Me llamó mucho la atención la de esta foto. Situada a la puerta misma de la iglesia, muestra en su entorno cuatro sirenas de torsos desnudos.
No sé si podré volver algún día a Venezuela, pero lo que sí tengo claro es que ocupará siempre un lugar importante en mi memoria. A ti dedico mi haiku
Tórrido adiós
Lágrimas de guayaba
Sudor de caña

(Un comentario que me hicieron hace poco me lleva a recordar que quien quiera ver las fotos en grande no tiene más que clikar dos veces sobre ella y se abre a toda pantalla)

martes, 7 de octubre de 2008

Del Bogotazo al Dolarazo

El asesinato, en abril de 1948, del líder “populista” Jorge Eliécer Gaitán en una de las avenidas más céntricas de Bogotá, dio lugar a un espontáneo levantamiento popular que fue reprimido de forma sangrienta y pasó a ser conocido en la historia como el Bogotazo. En esos mismos días de abril se celebraba en la ciudad una Conferencia Panamericana liderada por el General Marshall (aquel del Plan) y habían viajado hasta allí varias comisiones estudiantiles latinoamericanas para protestar contra los gringos. Después se les acusó de haber provocado la revuelta, en particular a los cubanos, capitaneados por un estudiante de derecho llamado Fidel Castro, que con apenas 21 años sería por primera vez apresado. Este motín popular dio lugar al nacimiento de los principales grupos guerrilleros que, desde entonces, mantienen un estado de guerra en el país.
Actualmente, la mayoría de los colombianos están cansados de tanta guerra civil que dura ya en realidad, salvo algunos cortos periodos de tregua, los casi 200 años de su historia emancipada. El lugar donde fue asesinado Gaitán, cubierto de placas que lo recuerdan, está pegado a la fachada de un Mc Donalds, ironía de la historia antiimperialista, y en la otra acera, casi a la misma altura, un gran comercio plantea en su nombre la nueva actitud popular: El Dolarazo. Por eso, y creo que por primera vez en su historia, la mayoría de la población apoya al fin a su presidente: Álvaro Uribe, un liberal que gobierna como centro-derechista, un excelente orador pausado con aspecto de buen chico estudioso, el típico empollón de clase que te ayuda en las tareas y los exámenes, el profesor indulgente pero también riguroso, que está dando a la guerrilla el golpe más duro en sus cinco décadas de historia.
Lo más notorio del colombiano es su afán por conseguir dinero, y si es en dólares mejor. Por todas partes hay gente que se te ofrece a resolver lo que sea, a conseguir lo que necesites, a venderte algo. Luego te sacan lo que pueden con simpatía o, si ven la posibilidad, directamente te estafan. Son famosos algunos trucos y estafas ideados en Colombia, se cuentan en muchos lugares del mundo: el maletón hueco que colocan encima del tuyo para ocultarlo, o los polvos que te echan sobre el rostro para paralizarte unos segundos… No todos los colombianos son estafadores, faltaría más, pero hay tantos que a la hora de calificarlos pagan justos por pecadores. Quienes poseen un negocio y se ganan la vida legalmente te aconsejan no comprar nada en la calle, pero al final no consigues evitar el acoso permanente y caes. En la costa caribe es mucho más notorio. Te envuelven con simpatía, te imitan en el habla y te acompañan durante un rato. En mi caso, tras haber ido con mucho cuidado, no conseguí librarme de su habilidad para el hurto, y un simpático cartagenero, mago de la estafa, con un broma como ejemplo, consiguió que se perdieran entre sus dedos varios de mis billetes, ante mis narices confiadas de no perder ojo.
La pobreza endémica y la inveterada corrupción producen características empresariales propias de este tipo de países. Así puedes ver locales donde junto a los elementos de una peluquería se instala una pequeña imprenta, o la curiosidad de que en todos estos países la mayoría de las carreteras sean de peaje, incluidas las bolivianas de tierra o las onduladas de Colombia. Luego llega otro político (como Chávez que ha eliminado esas concesiones en Venezuela) cambia ciertas ordenanzas que parecen arbitrarias o injustas, y lo que consigue son resentimientos, de muchos pobres por perder su empleo, y de algunos empresarios por perder su negocio. En Colombia es obligatorio que los motoristas lleven un chaleco reflectante con los números de su placa escritos en grande sobre la espalda, y sobre el casco también. Si luego llegan otros políticos que eliminan esta medida, de apariencia ilógica, muchas personas quedarán sin trabajo y no sabrán en qué usar la maquinaria que necesitaron para hacerlo.
No sé, sólo reflexiono sobre el tema. ¡Qué difícil es ser político en estas tierras! Puedes optar sólo por dos caminos: enriquecerte o ser un héroe. Hacerte dueño de la hamburguesería o que la construyan sobre tu tumba.
Por cierto, una última observación: Qué curioso que sea precisamente en Colombia donde las farmacias se anuncian como Drogas. ¡Qué afición! Será por eso que les parece un asunto tan normal.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Bogotá, San José de Cúcuta, San Juán de Colón

Llego a Bogotá el viernes 29 de agosto antes de amanecer con el deseo ferviente de tumbarme en una cama, pero me lleva preguntar en cuatro hoteles hasta que encuentro habitación. Durante el fin de semana salgo únicamente en escapadas rápidas a comprar medicamentos, o líquidos y unas galletas. Necesito recuperarme, no sólo del estómago, también de todos los dolores inconcebibles que ocasiona moverse sobre un caballo. El lunes, ya bastante recuperado, doy un largo paseo por el centro de Bogotá, demasiado largo para las fuerzas que tengo. Bogotá es una ciudad muy dinámica, y no especialmente bonita salvo algunas calles y plazas céntricas. En apariencia no parece insegura (por lo menos el centro) pero entre sus habitantes no encuentro quien diga que no lo es. En la plaza principal, cerca de la estatua de Bolívar (que otro podría estar), un mendigo se me aproxima, empieza diciéndome que todo el mundo lo rehuye al verlo acercarse, pero que ha supuesto que yo no lo haría. Me dice que él no pide sin más, que me puede hacer un retrato a cambio de lo que me parezca darle. Lo hace y se va muy contento y agradecido con el intercambio. En nuestra conversación confirmo algo que ya venía pensando desde que llegué a Bogotá y me moví un poco por las calles: mi aspecto produce también desconfianza; sin mochilas y en la capital ya no parezco turista, y creo que mi aspecto se parece demasiado al de los guerrilleros y los mendigos; pero ya no pienso afeitarme ni cortarme el pelo hasta que llegue a Venezuela. Aunque me gustaría subir al cerro de Monserrate, muy cerca del centro, y contemplar desde allí la inmensidad capitalina, lo descarto finalmente y decido marchar esa misma tarde a Cúcuta, ciudad fronteriza, para descansar mejor allí, cerca ya de mi destino. Como estoy aún muy cansado, pero con el estómago bien, consigo dormir buena parte del viaje. Despierto al amanecer frente a un gran cartel que anuncia “Panificadora la Pamplonesa”. En ese momento me pongo a elucubrar reflexiones sobre la fuerza de la emigración, de cómo una pamplonesa habría llegado hasta un lugar recóndito de Colombia para acabar montando una panadería. El bus arranca y pasa delante de un taller llamado “Pamplona”, empieza a extrañarme que emigrasen tantos pamploneses a un pueblo tan apartado… Entonces veo un gran cartel que pone Pamplona y no me queda duda: aquel pueblo se llama así, como la famosa ciudad española; y prefiero volver a dormirme antes de que me dé por elucubrar más tonterías.
Lo primero que sorprende al llegar a Cúcuta (casi nadie sabe que se llama San José de) es que las calles de la periferia están llenas de pequeños puestos donde se vende gasolina en garrafas. Me cuentan que es contrabando “legal” de Venezuela, país productor donde el combustible es muy barato. Lo intentaron impedir en varias ocasiones, pero como al día siguiente se ponían otra vez acabaron las autoridades por hacer la vista gorda. Cúcuta es un gran mercado, la gasolina es para consumo nacional pero el resto de las muchas mercancías que se venden (ropa sobre todo) están dirigidas al comprador venezolano. El problema que tienen esos mercados que dependen de compradores extranjeros (con sucede ahora con mi querida Andorra) es que están siempre muy preocupados con lo que le suceda al vecino, la crisis de éstos puede ocasionar su ruina. Otro detalle curioso de Cúcuta es que, en una de las plazas principales, hay un entoldado bajo el que se asientan un buen número de escribanos con su mesita y su máquina de escribir. Hacía mucho tiempo que no veía tantas máquinas de escribir, parece un museo interactivo. Por mi parte, dependiente de las nuevas tecnologías, me encuentro con que el transformador de corriente de mi computadora no manda energía. Me lleva varias horas del martes 2 de septiembre encontrar quién me lo arregle, y no me lo entregan hasta la mañana del día siguiente. Ese día me quedo encerrado en el hotel, para avanzar un poco en el atraso del blog, a la mañana siguiente, 4 de septiembre, lo descargo (como puede comprobarse) y salgo con dirección a la localidad venezolana donde me encontraré con mi padre, su compañera y la familia de ella, a la que no conozco de antes. Para pasar los puestos fronterizos hasta San Antonio Táchira, primera ciudad del lado venezolano, me aconsejan que lo haga en un taxi que me espere en cada puesto. Espero a sacar dinero en ese otra lado y resulta que ningún cajero me lo da (todavía no sé que lo estoy haciendo mal). Uno del banco me dice con aire de desesperanza que es posible que no lo consiga en ningún banco de Venezuela. El taxista me dice que esto es culpa de Chávez, que está complicando la vida de todos. Como no he conseguido dinero para pagarle, pregunto cuánto me cobraría por llevarme hasta mi destino, San Juan de Colón, cerca de la frontera, y como no es mucho más de lo que ya le debo seguimos camino. Vamos por una carretera secundaria porque el otro camino, más habitual, está en obras y atascado. Hacemos un puerto de montaña en la selva, y en medio de la carretera encontramos una tarántula enorme. El taxista para con la intención de capturarla, le digo que la deje y me hace caso, pero luego me cuenta que pensaba venderla y que le habrían dado un buen dinero por ella. En lo alto del puerto nos paran en un control del ejército y me registran hasta las botas. Al fin llegamos, ya de noche, y me encuentro con que en la familia me esperan intranquilos. He alcanzado otra meta más de mi larga excursión, con la salud recuperada y el equipaje entero. Un haiku más.
Calor tropical
Aliento de verduras
Y de mosquitos

martes, 16 de septiembre de 2008

Quito, Ipiales, San Agustín Huila

Quito me pareció una ciudad hermosa. Con un centro colonial muy bien conservado (Patrimonio de la Humanidad) que se ve desde casi todo el entorno, de construcciones modernas y calles limpias. Me llamó la atención que en la fachada de la catedral hay varias placas con los nombres de todos los fundadores de la ciudad, desde Sebastián de Belalcázar hasta los que no debían ser más que pajes. A los pies de esta fachada me sorprendió ver la cantidad de gente que seguía, ese domingo en la tarde, un espectáculo de mimos callejeros. Me habría gustado pasar más tiempo en Quito pero no quería retrasarme, apenas me quedaban doce días para atravesar Colombia, desde el sur al noroeste, y entrar en Venezuela hasta una ciudad a la que no sabía bien cómo llegar. El lunes 25 de agosto, cerca ya del mediodía, subí a un bus que me llevó desde Quito a Tulcán, la ciudad fronteriza con Colombia, atravesando, sin percibirlo, la invisible línea del ecuador.
Unos asientos más atrás va un joven con el pelo corto, pintado de colores, y una larga coleta “rasta” adornada con un ratoncito de plástico que parece trepar por ella. Al principio estoy tentado de hablar con él, pero pienso que no tenemos el mismo idioma y no quiero complicarme el viaje con traducciones. En Ibarra, la única ciudad grande entre Quito y Tulcán, se sienta a mi lado una ecuatoriana muy joven, blanca y recatada, con la que converso hasta su destino. En un momento dado me dice que al subir pensó que el joven “rasta” y yo éramos del mismo país y padre e hijo, aunque fuésemos en diferentes asientos. Pregunto qué le hace suponer que no es ecuatoriano y se echa a reír con ganas, le resulta imposible admitir que un muchacho de su país lleve aquel aspecto. Finalmente demostró una gran intuición, cuando llegamos a Tulcán me dirijo al joven con intención de compartir taxi hasta la frontera, y resulta que Tito no sólo es español sino, también, madrileño. Pasamos juntos los dos pasos fronterizos en animada conversación, resulta que además del mismo idioma tenemos muchas ideas comunes, su actitud marginal y antiglobalización me recuerda muchísimo a mi juventud antifranquista y ácrata. La charla es tan animada que, por primera vez en todo el viaje, me olvido la mochila “tecnológica” bajo el asiento de la furgoneta que nos lleva a Ipiales, primera ciudad del lado colombiano. Salgo detrás inmediatamente, el taxista ha visto quién conducía la furgoneta y sabe que ha ido a dejarla en el depósito. Tito se queda con mis otras mochilas. Al principio siento un momento de pánico, pero luego me convenzo de que la encontraré, es una vieja mochila con pequeños candados y parece más bien de libros; pienso que quizás me toque ir a la búsqueda del conductor, pero cuando localizo la furgoneta, ya en el depósito, la mochila sigue en el mismo sitio donde la dejé debajo del asiento. Tito (muy majete) me propone seguir viaje con él a un pueblo peculiar, San Agustín de Huila, donde nace el río Magdalena y se hallan unos tótems en piedra de culturas precolombinas. Me parece más interesante que quedarme en la ciudad de Popayán, mi primera intención. Esa misma noche salimos hacia Popayán, donde antes del amanecer tenemos que subirnos a un pequeño bus (que llaman busetas) para seguir hasta nuestro destino. El viaje se hace pesadísimo, se alarga hasta ocho horas por rutas de ripio. Salvo por la selva que lo rodea, y la gente que lo habita, San Agustín es un pueblo que podría parecer de muchos sitios de Latinoamérica y España. Intentan promocionarlo y hay ya un tipo de turismo mochilero que lo está dando a conocer. Es tranquilo, agradable y barato. Una de las actividades, minoritaria y discreta, que se puede hacer en la localidad es asistir al proceso de elaboración de la cocaína. Antes, los pocos que ofrecen algo así, organizaban una excursión de dos días hasta las instalaciones ocultas en la montaña, pero desde que la zona fue controlada por el ejército desmantelaron los laboratorios clandestinos. Ahora lo hacen en muy pequeñas cantidades, dentro de una casa, y sólo como muestra para quienes lo piden y lo pagan. Tengo curiosidad de verlo y la oportunidad única de apuntarme a la exposición. Como dice el técnico, antiguo capataz de un laboratorio, no les importa hacerlo porque tiene un efecto disuasorio, la mayoría de quienes ven el proceso dejan de consumir cocaína para siempre. Pienso que si todo aquel que tiene un vicio contemplase todo el proceso de producción y sus efectos sentiría repugnancia. El de la cocaína es asqueroso: después de picar bien la hoja de coca (unos dos kilos por cada gramo de polvo) el producto natural se hace pasar por gasolina, ácido de baterías, cemento, abono, soda y, finalmente, acetona tan solo para blanquearla. Sin contar con los efectos nocivos para la salud y el bolsillo, sólo con recordar el proceso químico debería bastar para no querer probarla.
Esa misma tarde hacemos una larga excursión a caballo para ver paisajes y tótems del entorno. Una paliza importante, hacía una década que no me subía a un caballo y al día siguiente, jueves, tengo ocasión de rememorar los efectos. Para colmo despierto mal del estómago, sin saber muy bien cuál de los excesos del día anterior lo ha provocado. Aún así, esa misma noche me subo al bus con destino Bogotá. El viaje más duro de mi larga excursión, con fuertes retortijones, diarrea y nauseas durante todo el trayecto. La verdad es que, como me he atrasado tanto en escribir, ya no me parece que fuese para tanto. Va un haiku más.
Lluvia de selva
Barniz de tierra seca
Tintura verde