El sábado 4 de octubre salí de San Cristóbal con dirección a la frontera de Colombia.
Hice todo el camino en taxi, aunque sale en algo más de 20 euros, (increíble en precios europeos si tenemos en cuenta la cantidad de kilómetros que se hacen y que, además, espera al sellado de pasaportes en los dos puestos fronterizos) pero llevo demasiado peso como para hacer todo el trasvase de movilidad hasta llegar a la Terminal de Cúcuta. Allí me subo poco después a un bus, no demasiado cómodo, que me llevará a Cartagena en, se supone, unas 14 ó 15 horas. De entrada sale casi una hora después de lo que me han dicho, pues esperan a que se llene lo más posible.
Pasadas las dos horas de viaje nos anuncian, al salir de un pueblo, que debemos dar la vuelta porque nuestra ruta ha sido cortada, dicen que por un accidente, y necesitamos tomar otra de las carreteras que salen de Cúcuta. Estoy muy cansado y consigo dormir temprano, despierto bastante después y veo que circulamos varios buses juntos y que delante van dos motos con ¿militares? Supongo que nos escoltan pero, aunque pienso en el peligro, no llego a despejarme y caigo en un sueño profundo que interrumpe la luz del amanecer, ya sin escoltas. A partir de ahí paramos muchas veces, el ejército que se aposta en la carretera nos registra en varias ocasiones.
En uno de los puestos les da por vaciar mi mochila grande, están solos dos muchachos de veintipocos años. Me hacen preguntas absurdas… “¿Qué tipo de películas lleva en esas cintas? = Lo que yo he grabado en el camino. ¿Qué piensa hacer en Colombia? = Pasar unos días… No encuentran nada raro pero me piden con intransigencia que les demuestre soy periodista, y yo a mí vez les pregunto si, de no poder hacerlo, me llevarían preso. Finalmente cambian a una actitud amable y me dejan ir. Aunque estoy a punto de aprovechar y ponerme yo bravo, mientras ayudan torpemente a recoger mis cosas del suelo,
prefiero no complicar las cosas, están muy nerviosos, sudan a chorros por la cara, y bajo la ropa y tanto correaje los supongo empapados, imagino que pasan demasiado miedo y calor día tras día, acaban incluso por provocarme ternura cuando nos despedimos.
Al entrar en Barranquilla acumulamos ya unas 5 horas de retraso. Para colmo, paramos en varios puntos del extrarradio de la ciudad para que se llene de nuevo el bus en este último tramo hasta Cartagena.
Y, para completar el viaje, a mi lado se sienta un viejo negro que va cortándose sus largas uñas, nimbadas de una aureola negra más oscura todavía que el tono de sus manos. Esa es la ventaja de un viaje tan largo en autobuses, que uno tiene ocasión de relacionarse con mucha variedad de este mundo tan plural.
Al fin llego a Cartagena de Indias, después de 22 horas de viaje, y un taxista me lleva a un hotel del centro donde apenas logro dormir esa noche por el violento ataque de los mosquitos, no me queda otro remedio que apagar el ventilador del ruido exagerado que produce y entonces, además, me ataca el calorazo.
Ese domingo doy unos paseos por el centro, colonial, armonioso, tranquilo. Me dicen por todas partes que la ciudad es segura, que apenas hay delincuencia en el centro, sólo en determinados barrios del extrarradio. Pero en el centro se concentran muchos raterillos y estafadores que te sacan lo que pueden. Dicen que no les compres a los vendedores callejeros, aunque no siempre te los quitas bien de en medio, algunos te ganan con simpatía, y a menudo piden tan poco por su mercancía que da igual si te estafan en el precio.
Luego hay que tener cuidado en que no tomen confianza y al final consigan estafarte o birlarte impunemente, pues es difícil poderlos denunciar y ellos lo saben. También hay que regatear en casi todo, cada cual pone su precio y está dispuesto a bajarlo.
Me habían dicho que Cartagena es una ciudad muy bonita y no me ha decepcionado en absoluto. El centro histórico es espectacular y está muy bien cuidado. El barrio viejo que hay al lado, llamado Getsemaní, donde estoy hospedado, está lleno de tipismo y sabor caribeño.
Muchos nombres de establecimientos y calles tienen la gracia de los lugares salseros. En esta calle de Getsemaní, llamada “de tripita y media”, la que más frecuento desde que llegué a la ciudad, hay un restaurante con nombre ingenioso: “Llegó al punto, ahora coma”. Aunque también abundan los sitios que se llaman simplemente: Donde Héctor. Donde Rosa…
El lunes 6 de octubre me muevo para ver cómo cruzar a Panamá. Por tierra es imposible, no hay carretera (y si la hubiere también es muy posible que no fuese nada segura). Para cruzar hay varias posibilidades.
La más larga y aventurera es contratar una lancha desde algún lugar de la costa cercana a Panamá, especialmente desde Turbo, única ciudad en el golfo de Urabá. Con ella se puede cruzar a la costa colombiana del istmo y luego buscar otros transportes (avioneta o lancha) hasta llegar a una población panameña con carretera. Este viaje, si uno va solo, le puede salir bastante caro, o como poco unos 100 $. Dicen que se debe tener mucho cuidado a quien se contrata si uno va desde Colombia, pues muchas lanchas pasan indocumentados o narcotráfico.
Otra posibilidad es el vuelo comercial, diario desde Cartagena en 50 minutos, por 313 $. Y la otra es uno de los varios veleros que hacen la ruta para turistas, tarda 4 ó 5 días, cuesta 350 $ con los alimentos y bebidas incluidos y atraca 1 ó 2 días en el paradisíaco archipiélago de San Blas, reserva de los indios kuna, con muchas islas deshabitadas. Al principio me incliné por el vuelo comercial, pero en una agencia de viajes encontré a unos franceses entusiastas que me convencieron pronto de ir en velero, y en concreto con un capitán español que ahora está todavía en Panamá.
Como igualmente quería parar unos días, para escribir en el blog todo lo que llevaba de atraso, no me ha importado esperar esta semana. Si el martes no ha regresado a Cartagena ese capitán español tendré que decidir de qué manera cruzo a Panamá. De momento: acabo de poner al día el blog, respondo a correos, paseo un poco por Cartagena, veo pelis en la tele, leo a Rómulo Gallegos y escribo algunos haikus…
Jungla humana.
Bestias salvajes siembran
temor y rabia.
Al entrar en Barranquilla acumulamos ya unas 5 horas de retraso. Para colmo, paramos en varios puntos del extrarradio de la ciudad para que se llene de nuevo el bus en este último tramo hasta Cartagena.
Al fin llego a Cartagena de Indias, después de 22 horas de viaje, y un taxista me lleva a un hotel del centro donde apenas logro dormir esa noche por el violento ataque de los mosquitos, no me queda otro remedio que apagar el ventilador del ruido exagerado que produce y entonces, además, me ataca el calorazo.
Me habían dicho que Cartagena es una ciudad muy bonita y no me ha decepcionado en absoluto. El centro histórico es espectacular y está muy bien cuidado. El barrio viejo que hay al lado, llamado Getsemaní, donde estoy hospedado, está lleno de tipismo y sabor caribeño.
El lunes 6 de octubre me muevo para ver cómo cruzar a Panamá. Por tierra es imposible, no hay carretera (y si la hubiere también es muy posible que no fuese nada segura). Para cruzar hay varias posibilidades.
Jungla humana.
Bestias salvajes siembran
temor y rabia.
1 comentario:
Me ha encantado el nombre del restaurante. También suena fenomenal la semana de descanso y la salida a Panamá en velero... Qué suerte, aunque yo nunca me apuntaría, poto con solo pisar un barco.
Estás muy bien en la última foto que pusiste, pareces un muñeco más.
Por aquí todo como siempre.
Besos.
Anita, Anai,s.
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