domingo, 12 de octubre de 2008

Cartagena de Indias

El sábado 4 de octubre salí de San Cristóbal con dirección a la frontera de Colombia. Hice todo el camino en taxi, aunque sale en algo más de 20 euros, (increíble en precios europeos si tenemos en cuenta la cantidad de kilómetros que se hacen y que, además, espera al sellado de pasaportes en los dos puestos fronterizos) pero llevo demasiado peso como para hacer todo el trasvase de movilidad hasta llegar a la Terminal de Cúcuta. Allí me subo poco después a un bus, no demasiado cómodo, que me llevará a Cartagena en, se supone, unas 14 ó 15 horas. De entrada sale casi una hora después de lo que me han dicho, pues esperan a que se llene lo más posible. Pasadas las dos horas de viaje nos anuncian, al salir de un pueblo, que debemos dar la vuelta porque nuestra ruta ha sido cortada, dicen que por un accidente, y necesitamos tomar otra de las carreteras que salen de Cúcuta. Estoy muy cansado y consigo dormir temprano, despierto bastante después y veo que circulamos varios buses juntos y que delante van dos motos con ¿militares? Supongo que nos escoltan pero, aunque pienso en el peligro, no llego a despejarme y caigo en un sueño profundo que interrumpe la luz del amanecer, ya sin escoltas. A partir de ahí paramos muchas veces, el ejército que se aposta en la carretera nos registra en varias ocasiones. En uno de los puestos les da por vaciar mi mochila grande, están solos dos muchachos de veintipocos años. Me hacen preguntas absurdas… “¿Qué tipo de películas lleva en esas cintas? = Lo que yo he grabado en el camino. ¿Qué piensa hacer en Colombia? = Pasar unos días… No encuentran nada raro pero me piden con intransigencia que les demuestre soy periodista, y yo a mí vez les pregunto si, de no poder hacerlo, me llevarían preso. Finalmente cambian a una actitud amable y me dejan ir. Aunque estoy a punto de aprovechar y ponerme yo bravo, mientras ayudan torpemente a recoger mis cosas del suelo, prefiero no complicar las cosas, están muy nerviosos, sudan a chorros por la cara, y bajo la ropa y tanto correaje los supongo empapados, imagino que pasan demasiado miedo y calor día tras día, acaban incluso por provocarme ternura cuando nos despedimos.
Al entrar en Barranquilla acumulamos ya unas 5 horas de retraso. Para colmo, paramos en varios puntos del extrarradio de la ciudad para que se llene de nuevo el bus en este último tramo hasta Cartagena. Y, para completar el viaje, a mi lado se sienta un viejo negro que va cortándose sus largas uñas, nimbadas de una aureola negra más oscura todavía que el tono de sus manos. Esa es la ventaja de un viaje tan largo en autobuses, que uno tiene ocasión de relacionarse con mucha variedad de este mundo tan plural.
Al fin llego a Cartagena de Indias, después de 22 horas de viaje, y un taxista me lleva a un hotel del centro donde apenas logro dormir esa noche por el violento ataque de los mosquitos, no me queda otro remedio que apagar el ventilador del ruido exagerado que produce y entonces, además, me ataca el calorazo.
Ese domingo doy unos paseos por el centro, colonial, armonioso, tranquilo. Me dicen por todas partes que la ciudad es segura, que apenas hay delincuencia en el centro, sólo en determinados barrios del extrarradio. Pero en el centro se concentran muchos raterillos y estafadores que te sacan lo que pueden. Dicen que no les compres a los vendedores callejeros, aunque no siempre te los quitas bien de en medio, algunos te ganan con simpatía, y a menudo piden tan poco por su mercancía que da igual si te estafan en el precio. Luego hay que tener cuidado en que no tomen confianza y al final consigan estafarte o birlarte impunemente, pues es difícil poderlos denunciar y ellos lo saben. También hay que regatear en casi todo, cada cual pone su precio y está dispuesto a bajarlo.
Me habían dicho que Cartagena es una ciudad muy bonita y no me ha decepcionado en absoluto. El centro histórico es espectacular y está muy bien cuidado. El barrio viejo que hay al lado, llamado Getsemaní, donde estoy hospedado, está lleno de tipismo y sabor caribeño. Muchos nombres de establecimientos y calles tienen la gracia de los lugares salseros. En esta calle de Getsemaní, llamada “de tripita y media”, la que más frecuento desde que llegué a la ciudad, hay un restaurante con nombre ingenioso: “Llegó al punto, ahora coma”. Aunque también abundan los sitios que se llaman simplemente: Donde Héctor. Donde Rosa…
El lunes 6 de octubre me muevo para ver cómo cruzar a Panamá. Por tierra es imposible, no hay carretera (y si la hubiere también es muy posible que no fuese nada segura). Para cruzar hay varias posibilidades. La más larga y aventurera es contratar una lancha desde algún lugar de la costa cercana a Panamá, especialmente desde Turbo, única ciudad en el golfo de Urabá. Con ella se puede cruzar a la costa colombiana del istmo y luego buscar otros transportes (avioneta o lancha) hasta llegar a una población panameña con carretera. Este viaje, si uno va solo, le puede salir bastante caro, o como poco unos 100 $. Dicen que se debe tener mucho cuidado a quien se contrata si uno va desde Colombia, pues muchas lanchas pasan indocumentados o narcotráfico. Otra posibilidad es el vuelo comercial, diario desde Cartagena en 50 minutos, por 313 $. Y la otra es uno de los varios veleros que hacen la ruta para turistas, tarda 4 ó 5 días, cuesta 350 $ con los alimentos y bebidas incluidos y atraca 1 ó 2 días en el paradisíaco archipiélago de San Blas, reserva de los indios kuna, con muchas islas deshabitadas. Al principio me incliné por el vuelo comercial, pero en una agencia de viajes encontré a unos franceses entusiastas que me convencieron pronto de ir en velero, y en concreto con un capitán español que ahora está todavía en Panamá. Como igualmente quería parar unos días, para escribir en el blog todo lo que llevaba de atraso, no me ha importado esperar esta semana. Si el martes no ha regresado a Cartagena ese capitán español tendré que decidir de qué manera cruzo a Panamá. De momento: acabo de poner al día el blog, respondo a correos, paseo un poco por Cartagena, veo pelis en la tele, leo a Rómulo Gallegos y escribo algunos haikus…
Jungla humana.
Bestias salvajes siembran
temor y rabia.

viernes, 10 de octubre de 2008

Vamos con todo

Este es el slogan que utiliza el gobierno de Hugo Chávez para su campaña de elecciones. Sabemos que un idioma puede tener palabras y expresiones con diferentes significados según el país donde se emplee, o incluso su significado puede variar con cambiar el orden de las palabras o añadirle alguna otra. Por ejemplo, ese “Vamos con todo” sería difícil de entender en España con el mismo concepto que en Venezuela, aquí significa trabajar con todo el impulso, o también moverse a resolverlo todo. En España, al no tener la frase un sentido claro así, se le pondría rápidamente el “nos”, y entonces significaría que cuando acabemos nos lo llevaremos todo, o que ya sabemos que nos iremos pero no pensamos dejar nada para el que venga detrás… Algo así como lo que estamos haciendo con el planeta entero.
Me decía hace poco un amigo, francés, que no sabía si Chávez le hacía gracia o le daba miedo. Y claro, depende de donde seas, si eres español o francés te puede incluso hacer gracia, si eres venezolano o colombiano seguramente te dé miedo. Un amigo español me dijo hace tiempo (como con otros términos me dijeron en Ecuador de su presidente) que no le parecía demasiado malo si tenía tan preocupados y temerosos a los oligarcas del país. Y bueno, depende cómo se mire. Cuando en otros aportes del blog he hablado de los ricos, no me refiero en ningún caso a esos empresarios medianos, o incluso medianamente grandes, que tienen un buen nivel de consumo y producen riqueza, ese nivel es necesario para el desarrollo económico de un país (salvo que uno sea anacrónicamente comunista). Otra cosa es esa oligarquía que decide la economía de un país, que tiene su capital repartido en muchos países y se lo lleva en cuanto no le dan el suficiente beneficio, que más que consumir devora y más que producir riqueza la corrompe. Ese oligarca es el culpable, sobre todo en los países pobres, de las desigualdades sociales que luego acogen y justifican a populistas como Chávez. El problema es que tales populistas del siglo XXI, que no han llegado al poder por la fuerza y controlando de inmediato los resortes de la economía, lo primero que logran es espantar al capital de los oligarcas, que se va siempre con el mejor postor y rara vez tiene patria. Quizás la única utilidad de esos populistas es dejar claro a sus sociedades que ellos han llegado hasta al poder porque antes hubo desigualdades sociales extremas, y que mientras persistan esas desigualdades habrá razones para que el pueblo se levante y reclame.
Es posible que todo esto no tenga ya sentido ante la crisis que se avecina. Esta macrocrisis que puede lograr apropiarse del slogan de Ushuaia. Cuando el mundo se enfrenta a estas situaciones es cuando más quedan al descubierto las profundas injusticias de esta civilización avara que hemos desarrollado. Cuando a los bancos les va bien enriquecen a sus accionistas, cuando les va mal reclaman ayuda a la hacienda de todos. Claro que también se vería injusto obligarlos a devolver ahora lo que ganaron. Recuerda aquella frase de Bertolt Brecht: "¿Qué diferencia puede haber entre quien funda un banco y quien lo asalta?" Pues, desde luego, añado yo, el respeto que les otorga la sociedad y las leyes.
Retomando el tema de Chávez sería bueno dejar claro que no es igual a sus compinches: carece del justo origen de Morales, del talante negociador de Correa, del peso intelectual de Castro. Chávez es un militar megalómano, que seguramente ha optado por un discurso populista tan sólo por oportunismo, o por resentimiento hacia quienes alguna vez lo rechazaron por su color de piel, en un país muy racista que lo seguiría siendo igual, sólo que al revés, bajo la dictadura de los morenos. Ante el indiscutible fracaso del comunismo en países donde tuvo tiempo de sobra para desarrollarse por la fuerza, Chávez intenta ponerlo en práctica durante unos mandatos tan efímeros como cualquier otro tipo de gobierno en democracias electoralistas. El problema es que está tan convencido de lograrlo que da miedo. En la puerta de los cuarteles hay ya siempre un letrero con la frase: “Patria, socialismo o muerte. Venceremos”, al estilo de esa Cuba preparada para una transición inevitable, mientras se apropia de todo lo bolivariano con la intención usurpadora de que ya siempre se relacione al héroe con todo lo suyo. En su delirio “revolucionario” ha presentado cambios de leyes, en una Asamblea que aún controla, con imposiciones como que sólo puedan acceder a Internet funcionarios autorizados y turistas, o que quien tenga alguna habitación en su casa sin darle uso necesario sea obligado a cedérsela a quien no tenga casa propia, o prohibir que las mujeres vayan vestidas “indecorosamente” con faldas cortas o escotes (en un país tropical con más pechos desbordantes que en ningún otro). En Venezuela mucha gente piensa que, gane o pierda las siguientes elecciones, dejará de existir la democracia en su país. Si gana porque se creerá indestructible y gobernará como un caudillo más, si pierde porque preferirá antes un golpe de estado y una guerra civil que reconocer su derrota y abandonar el poder. En noviembre próximo hay elecciones intermedias, a gobernadores y alcaldes. La oposición ya tuvo hace unas semanas unas elecciones propias para elegir candidatos únicos, pues sólo así podrán ganar al oficialismo. Aunque, desde luego, ya no le apoya ni mucho menos la misma cantidad de gente que al principio, pues por entonces representaba un cambio necesario, todavía tiene mucho apoyo en las barriadas y las instituciones.
Con Chávez en el poder los españoles seremos cada vez peor acogidos por la Venezuela oficial. En las calles se utiliza como pintada de la oposición la frase: “Por qué no te callas” y supongo que nunca nos perdonará la cantidad de veces que hace años nos reímos de él en la TV por aquella frase en la que decía que “Victoria” se escribe con Be, tildándolo de ignorante, cuando la ignorancia era nuestra al desconocer que en esta parte del mundo se dice Ve “chica” a lo que en España se dice Uve (¿o quizás todos son unos ignorantes por no decir Uve como en España?) Pienso, con perdón, que todos los seres humanos somos unos ignorantes cuando estamos acabando con nuestra “casa-planeta” con tal de hacerla más “cómoda”, y seremos capaces de matarnos unos a otros con tal de que quienes queden puedan recuperar el “bienestar del progreso”. Las próximas elecciones presidenciales en Venezuela son en el 2012, pero es muy posible que para entonces nada de esto tenga ya sentido, y las urnas no sean más que un vestigio etnológico.

jueves, 9 de octubre de 2008

A vueltas para salir de Venezuela

El viernes, 26 de septiembre, volvimos a Tovar para que el viejo se despidiera de sus amigos de allí. Esa misma noche viajábamos los tres en bus desde Tovar a Caracas, allí pasaríamos el fin de semana en la casa de otra de mis “primas”, a la que yo aún no conocía, y el lunes regresaban ellos dos para España mientras que yo seguiría viaje hasta Maracaibo, con intención de pasar a Colombia por esa frontera cercana al mar Caribe.
Caracas me ha parecido la capital más sucia de cuantas he visto en Latinoamérica, más aún que Lima, que le anda a la zaga. Dicen los caraqueños que antes no era así, que se ha deteriorado mucho en la última década. Los antichavistas culpabilizan al Presidente de esta situación pero, aunque no les falte razón, también es bueno aclarar que ellos pronto acabarán haciendo culpable a Chávez de la muerte de Abel. También reconocen que él recuperó un hermoso paseo dedicado a los próceres libertadores, durante años abandonado y en ruinas, o que no se pueda aparcar en todo el centro durante el fin de semana para liberarlo un poco de la contaminación, excesiva en una ciudad sobrecargada de tráfico. La mayoría de los “carros” son muy viejos, pero la gasolina es increíblemente barata. Por cierto, en los estados de la frontera con Colombia comprar gasolina requiere paciencia, los contrabandistas que se la llevan al país vecino, casi legalmente, hacen que no haya “bomba” (estación de servicio) sin una importante cola de espera. Donde no se ve cola es que no le queda gasolina, lo que ocurre también a menudo.
Caracas, como otras capitales de Sudamérica, está rodeada de montes también habitados, en unos casos son barriadas pobres y en otros zonas residenciales caras. Lo demás es un centro donde se mezcla lo colonial con lo horroroso, y unas partes cosmopolitas con la poca gracia que suelen tener en los países pobres. Supongo que muchos caraqueños amarán aún su ciudad aunque la vean sucia y caótica, como se ama a un hijo aunque sea feo o a una madre aunque sea mala, pero quienes no tenemos una relación directa con ella nos vamos decepcionados, si además añadimos que no paran de avisarnos sobre la inseguridad, no resulta una capital acogedora. Tampoco se percibe mejor a Maracaibo, y aquí además el calor se acerca mucho a lo insoportable. El aviso sobre la inseguridad resulta aún más desalentador, el taxista que me lleva a un hotel del centro, porque así se lo pido para conocer esa zona, me aconseja que mejor no salga de la habitación después de las 20:00 horas, que me duerma temprano para salir también temprano en la mañana. Como ese lunes 29 no he conseguido dormir en toda la noche, paso casi todo el día del martes adormilado en la habitación y prácticamente no salgo más que para el almuerzo. El miércoles doy vueltas por el centro, y por un gran mercado callejero que llaman de las “Pulgas”, aunque dudo que aún haya más insectos de esos que mosquitos. La variedad de olores y la cantidad de basura acumulada lo hace un sitio insoportable, pero ocupa tanta extensión del centro de la ciudad que es necesario cruzar muchas partes para ir de un lado a otro. Lo más destacable, aparte de algunas iglesias y plazas, son unas pocas calles con las casas pintadas en colores muy vivos (dicen que así era casi todo el centro de Maracaibo) pero hoy puede verse a mendigos tirados por esas calles y montones de basura en los límites. También son curiosas unas máquinas, de construcción artesanal, que sirven para sacarle el jugo a la caña de azúcar; así en madera sólo las vi allí. Sin el ánimo de ofender a nadie, lo siento, pero tampoco me gusta nada esta ciudad, además, echo de menos las selváticas montañas del Táchira. Que no me busquen en Maracaibo.
El jueves voy al Terminal (en Venezuela se dice en masculino y no en femenino como en otros países) con la intención de viajar a la frontera. Ya me había informado de todo y sabía que la mejor manera de viajar a Maicao, primera ciudad importante en el lado colombiano, es en unos viejos carros (automóviles largos, de esos lanchones típicos americanos) que llenan con cinco pasajeros por viaje. Pero resulta que ese día han cancelado los viajes porque a su vez han cerrado la carretera. En Colón ya me habían avisado que esa ruta era el cruce de frontera más peligroso del país, pero que si conseguía pasar hasta Maicao no tendría ya problemas para seguir. La dificultad se me presenta para llegar hasta esa ciudad, la señora que atiende en la cooperativa me dice que les avisaron hace unas horas del cierre de la ruta por movimientos de la guerrilla, o quizás eran bandas de delincuentes, que de ambas hay siempre por allí. Hablo con mi querida prima y me hace prometerle que no insistiré en pasar así. Se encarga de buscar conexiones por avión para que pueda seguir desde Maracaibo. Por mi parte paso horas entre llamadas y búsquedas en Internet, con la intención de encontrar una opción para llegar a Cartagena sin atravesar por tierra, o incluso cruzar directamente a Panamá, pero ese día ya es imposible, y las opciones que encuentro para otros días me parecen caras de entrada. He dejado el hotel y ya no quiero quedarme más tiempo en Maracaibo, con lo que esa misma noche salgo en dirección San Cristóbal, vuelvo a Táchira aunque con ello dé una vuelta importante. Pasaré a Colombia por la misma frontera que conocí al entrar, Cúcuta, y desde allí viajaré hacia el norte hasta Cartagena. Eso es el sábado ya, con un viaje bastante complicado también, pero eso lo contaré en otro aporte. Ahora, para terminar, un haiku inspirado en las neblinas de Táchira.
Calor húmedo
Cielo sin horizonte
barrera blanca

miércoles, 8 de octubre de 2008

Tovar y el estado de Táchira

Conozco la existencia de la ciudad venezolana de Tovar, y a varios tovareños, desde unos 30 años antes de haber venido al fin por primera vez. Cuento la historia como curiosidad autobiográfica: Mi viejo, banderillero de profesión desde muy joven hasta que se jubiló por edad, se dedica desde hace unas cuatro décadas a apoderar jóvenes que buscan triunfar como toreros. Ninguno de ellos lo ha conseguido (es bastante difícil, y más sin un capital de apoyo) pero él ha sido más feliz enseñando lo que sabía de su oficio. De todos ellos, que han sido unos cuantos, el que más cerca estuvo del éxito es el segundo joven que tomó de alumno, hace 30 años, un tovareño que se puso de apodo su gentilicio. El Tovareño fue el primer torero de su ciudad que llegó a tomar la alternativa como matador de toros en España, logrando algunos éxitos en este país y en el suyo propio, lo que le llevó a conseguir el honor de que le erigiesen un busto dentro del moderno “coliseo taurino” de Tovar. En 1980 mi viejo, aún en activo como banderillero, hizo un viaje a Venezuela para torear con su pupilo, y allí, en Tovar, conoció a una mujer que lo cautivó. Ella era aficionada a la tauromaquia, y no enemiga como mi madre, lo que, unido a las pocas treguas que se habían dado en los 25 años que llevaban juntos, le decidió a separarse de mi madre y llevarse a vivir con él en España a la que ha sido su compañera desde entonces. En todos estos años han pasado por su casa y su escuela unos cuantos tovareños, incluido el hijo de aquel primero, aunque la mayoría se retiraron, de los toros o de su tutela, antes de conocer algún triunfo. Hasta este año, que ha conseguido que otro tovareño tome la alternativa como matador de toros, esta vez en la plaza de Tovar. Y ahí está, dando instrucciones a su nuevo matador, con 80 años, diabético y colostomizado, feliz de estar una vez más tras una barrera que uno de los toros saltó en dos ocasiones.
Las corridas de toros en el continente americano son iguales que en España, sólo cambia el público, que por aquí es algo más ruidoso, y se ven más pieles oscuras con ropa de más colores. El nuevo matador tovareño no estuvo brillante en su alternativa; lo mismo que en el fútbol la culpa suele ser del árbitro, en esto la culpa de un pinchazo la tiene siempre el toro, y ninguno de los dos toros le facilitó el lucimiento, ni siquiera se dejaron matar rápido. La corrida se celebró el domingo 7 de septiembre (sí, ya sé, llevo un mes de atraso en los aportes de este blog pero ya estoy en ello) y se suponía que la iba a grabar en vídeo, como he grabado unas cuantas corridas de su temporada de novillero en España, pero como había ciertas tensiones entre apoderado y torero decidí no cargar todo el fin de semana con el equipo y lo dejé en San Juan de Colón.
Ahí, en Colón, vive la hermana de la compañera del viejo, y en esa casa hemos estado los tres hasta el 26 de septiembre. 22 días en mi caso que no voy a desgranar a estas alturas. Sólo diré que estoy muy contento de haber conocido al fin a una familia que se me hace ya propia, y en particular a una “prima” con quien he llegado a un grado de cariño y complicidad tan sólidos que no podrán desaparecer por mucho que el tiempo y la distancia nos mantuviese alejados. Con ella he realizado varias excursiones por algunos bonitos pueblos del estado de Táchira, la he acompañado en varias ocasiones a la capital, San Cristóbal, simplemente como observador de sus quehaceres cotidianos, y he conocido muchas cosas de este hermoso país, tan deteriorado por los vaivenes políticos y la insaciable corrupción.
Lo más destacable de estos pueblos del Táchira, aparte de su ubicación andina, son sus iglesias de aspecto pastelero. A menudo parecen diseñadas por un maestro de obras con gusto naif. También destacan algunas fuentes que colocan en las plazas, pintadas en colores muy vivos que les hace parecer de plástico. Me llamó mucho la atención la de esta foto. Situada a la puerta misma de la iglesia, muestra en su entorno cuatro sirenas de torsos desnudos.
No sé si podré volver algún día a Venezuela, pero lo que sí tengo claro es que ocupará siempre un lugar importante en mi memoria. A ti dedico mi haiku
Tórrido adiós
Lágrimas de guayaba
Sudor de caña

(Un comentario que me hicieron hace poco me lleva a recordar que quien quiera ver las fotos en grande no tiene más que clikar dos veces sobre ella y se abre a toda pantalla)

martes, 7 de octubre de 2008

Del Bogotazo al Dolarazo

El asesinato, en abril de 1948, del líder “populista” Jorge Eliécer Gaitán en una de las avenidas más céntricas de Bogotá, dio lugar a un espontáneo levantamiento popular que fue reprimido de forma sangrienta y pasó a ser conocido en la historia como el Bogotazo. En esos mismos días de abril se celebraba en la ciudad una Conferencia Panamericana liderada por el General Marshall (aquel del Plan) y habían viajado hasta allí varias comisiones estudiantiles latinoamericanas para protestar contra los gringos. Después se les acusó de haber provocado la revuelta, en particular a los cubanos, capitaneados por un estudiante de derecho llamado Fidel Castro, que con apenas 21 años sería por primera vez apresado. Este motín popular dio lugar al nacimiento de los principales grupos guerrilleros que, desde entonces, mantienen un estado de guerra en el país.
Actualmente, la mayoría de los colombianos están cansados de tanta guerra civil que dura ya en realidad, salvo algunos cortos periodos de tregua, los casi 200 años de su historia emancipada. El lugar donde fue asesinado Gaitán, cubierto de placas que lo recuerdan, está pegado a la fachada de un Mc Donalds, ironía de la historia antiimperialista, y en la otra acera, casi a la misma altura, un gran comercio plantea en su nombre la nueva actitud popular: El Dolarazo. Por eso, y creo que por primera vez en su historia, la mayoría de la población apoya al fin a su presidente: Álvaro Uribe, un liberal que gobierna como centro-derechista, un excelente orador pausado con aspecto de buen chico estudioso, el típico empollón de clase que te ayuda en las tareas y los exámenes, el profesor indulgente pero también riguroso, que está dando a la guerrilla el golpe más duro en sus cinco décadas de historia.
Lo más notorio del colombiano es su afán por conseguir dinero, y si es en dólares mejor. Por todas partes hay gente que se te ofrece a resolver lo que sea, a conseguir lo que necesites, a venderte algo. Luego te sacan lo que pueden con simpatía o, si ven la posibilidad, directamente te estafan. Son famosos algunos trucos y estafas ideados en Colombia, se cuentan en muchos lugares del mundo: el maletón hueco que colocan encima del tuyo para ocultarlo, o los polvos que te echan sobre el rostro para paralizarte unos segundos… No todos los colombianos son estafadores, faltaría más, pero hay tantos que a la hora de calificarlos pagan justos por pecadores. Quienes poseen un negocio y se ganan la vida legalmente te aconsejan no comprar nada en la calle, pero al final no consigues evitar el acoso permanente y caes. En la costa caribe es mucho más notorio. Te envuelven con simpatía, te imitan en el habla y te acompañan durante un rato. En mi caso, tras haber ido con mucho cuidado, no conseguí librarme de su habilidad para el hurto, y un simpático cartagenero, mago de la estafa, con un broma como ejemplo, consiguió que se perdieran entre sus dedos varios de mis billetes, ante mis narices confiadas de no perder ojo.
La pobreza endémica y la inveterada corrupción producen características empresariales propias de este tipo de países. Así puedes ver locales donde junto a los elementos de una peluquería se instala una pequeña imprenta, o la curiosidad de que en todos estos países la mayoría de las carreteras sean de peaje, incluidas las bolivianas de tierra o las onduladas de Colombia. Luego llega otro político (como Chávez que ha eliminado esas concesiones en Venezuela) cambia ciertas ordenanzas que parecen arbitrarias o injustas, y lo que consigue son resentimientos, de muchos pobres por perder su empleo, y de algunos empresarios por perder su negocio. En Colombia es obligatorio que los motoristas lleven un chaleco reflectante con los números de su placa escritos en grande sobre la espalda, y sobre el casco también. Si luego llegan otros políticos que eliminan esta medida, de apariencia ilógica, muchas personas quedarán sin trabajo y no sabrán en qué usar la maquinaria que necesitaron para hacerlo.
No sé, sólo reflexiono sobre el tema. ¡Qué difícil es ser político en estas tierras! Puedes optar sólo por dos caminos: enriquecerte o ser un héroe. Hacerte dueño de la hamburguesería o que la construyan sobre tu tumba.
Por cierto, una última observación: Qué curioso que sea precisamente en Colombia donde las farmacias se anuncian como Drogas. ¡Qué afición! Será por eso que les parece un asunto tan normal.